miércoles, 27 de febrero de 2008

Manuel y la laguna


A Manuel se lo trago la laguna,
se lo tragó la luna, se lo comió sin querer.
Lo mató un dia cualquiera
y se lo llevó para el fondo por unos dias nomas.
Que para él ya no fueron nada, porque él mismo ya no era.
Manuel que siempre flotaba tardó esta vez dos dias en emerger.

Se debe haber embarrado, enredado un poco.
Algún pejerrey lo miró de abajo, a través del barro, del agua marron.
De la laguna que no deja ver nada.
Se debe haber asustado, sentido solo, ese sábado en el momento último.
No creo que haya gritado.
Se lo chupó la laguna y lo saco a flote dos días después.

Y pasó a ser una cosa que flota y una noticia breve por Internet.
Pero Manuel que se tiró del muelle volvió al mismo muelle dos días después.

Si estaba solo antes o más solo ahora, no afecta, no importa, no tiene que ver.
Manuel que vivía a orillas del agua un trago muy grande se tomo esta vez.
Un trago profundo, un sorbo pesado, un beso que mutuo se dieron, bien fuerte
la laguna Brava y su amante, Manuel.

viernes, 22 de febrero de 2008

Hoy, escriba con palimpsestos

Escribiendo en palimpsestos
Para que el faraón no se de cuenta.
Que le pase una papa,
Que le eche jugo de limón
Que le tire carbonilla
Que lo unte, que lo mire a trasluz
Pero que no se de cuenta
Que no se de cuenta que hablo en contra de él
Del faraón.


- Simplifico acá pero igual no me dan los totales...

Así pensaba el escriba, mientras observaba sin emoción el paso de los esclavos.
Anotaba los nombres de los que se acordaba, y de los que no, ponía una equis.
Papiro tras papiro. Al escriba ya no le dolían las muñecas, tampoco los dedos. Le había salido un callito en los dedos primariamente involucrados en la tarea; su mano no sentía nada, como él.
Nada sentía en el escriba. Tenía la pasión de un contador y la persistencia del chicle.
En eso pasó una esclava.
Parecida a Cleopatra, pero negra. Nubia. Hermosa. Hemidesnuda.
El escriba manchó el papiro.
La mano le tembló. Un error, es que la mano empezó a sentir.
El escriba sintió un aturdimiento. Un mareo, la crecida del Nilo en un segundo.
Transpiro frío de repente, y un dolor tremendo le mordió la nuca.
Se palmeó como queriendo matarse un mosquito, con la infeliz consecuencia de aumentar su mareo. El golpe le hizo ver las estrellas, y ahí comenzó a oír el zumbido que no se iba a detener.
Intentó pararse, los papiros de su falda cayendo al piso pedregoso. Se apoyó a tientas en el bloque de piedra sobre el que trabajaba y sacudió la cabeza instintivamente. No era lo mejor que podía hacer; el sacudón aumentó el mareo y el escriba vio el piso venir hacia él. Como un portazo visto de costado el escriba se estampó contra el suelo. Sus pies la bisagra entre el suelo y él mismo. Dos perpendiculares perfectas. Las matematicas seguian dibujandolo todo.
Un estruendo.Y la música lo envolvió. Una música completamente desconocida para él. Era música electrónica, suave, placentera, que como una nube aturdida rodeó su cabeza. Ya en el suelo vio de cerca las piedritas, como no las veía desde pequeño. Tuvo tiempo para distinguir las diversas rugosidades que expone el piso al ser mirado de cerca. De costado, de perfil. Un pastito. La brisa que es viento para las particulas minusculas. Un escarabajo negro como un símbolo penetro su campo visual por la izquierda.


El sol del desierto parpadeaba con una cadencia conocida. La sombras de los esclavos al pasar.La cadencia se acelero y se detuvo.
Era todo sombra sobre él cuando una escupida lo alcanzo en la mejilla y un golpe tremendo le hizo perder momentáneamente la visión.
Cuando la recuperó, el escarabajo estaba más cerca y los esclavos lo habían rodeado y le golpeaban todo el cuerpo. Para el escriba esos golpes eran caricias y sorpresivamente se encontró disfrutándolos. Un par de patadas fuertes en los testículos lo excitaron, las lágrimas de dolor se le mezclaron con la sangre que le salía de la nariz.
Lamió esta mezcla de sus propios líquidos y empezó una carcajada que fue interrumpida bruscamente por una patada en el estómago.
El escarabajo se detuvo.
La nubia negra se refrescaba en el río.
Pero el escriba no los veía, estaba muerto en las arenas del desierto, a metros de su lugar de trabajo.
Había eyaculado y los esclavos le seguían pegando.